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Archive for 26 abril 2012

Turismo enológico

 

Vamos a visitar una comarca que, como su nombre indica, se cobija a pie de monte. Unos montes que están llenos de historia y recursos, son. los Pirineos que abrazan una tierra llena de contrastes….El Somontano.

 

 

El viajero encontrará en esta comarca oscense, un excepcional Patrimonio Natural, en el que destacan los espectaculares cañones y barrancos del Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara, un patrimonio cultural que se plasma en las pinturas rupestres del Parque Cultural del Río Vero, declaradas Patrimonio de la Humanidad.

Una cuidada gastronomía o tradiciones arraigadas a las gentes de esta tierra, gentes que acogen al visitante y le hacen participe de su historia y de su vida.

Carrascas centenarias, olivos, almendros y vides son la esencia del paisaje del Somontano.

Y son los viñedos, con sus más de 3.000 hectáreas cultivadas, el eje conductor de este viaje que nos adentra en una Denominación de Origen que en menos de veinte años ha conseguido destacar en el mercado con unos vinos de excelente calidad.

Vinos muy apreciados, elaborados con hasta seis variedades de uvas diferentes, entre las que se encuentran las autóctonas parraleta y moristel.

La Denominación de Origen Somontano cobija un espacio no muy extenso de territorio, por lo que el viajero podrá visitar sin necesidad de realizar grandes desplazamientos varias bodegas y a la vez disfrutar del privilegiado entorno.

En Barbastro, capital de la comarca, visitamos el Complejo San Julián, donde se sitúa el Consejo Regulador de la Denominación de Origen, el Museo del Vino y el Centro de Interpretación del Somontano.

Además, sin abandonar la zona, realizamos otras visitas a la Bodega de Fábregas y a la Bodega y viñedos de Ballabriga. Y si se quiere tener una visión amplia de la comarca es de obligada visita el Santuario de Pueyo , mirador del Somontano.

Las bodegas se van sucediendo a lo largo del recorrido, la de Otto Bestué, Pirineos, Viñas de Vero o Lalanne, son un ejemplo. Y en el corazón del Parque Cultural de Vero y en pleno Parque Natural, las Bodegas Monclús, en la localidad de Radiquero.

Además de visitarlas, su propietaria Mercedes Monclús, nos atiende encantada en su restaurante, donde degustamos las delicias gastronómicas de la zona.

Guisos de carne, asados de cabrito o setas de temporada son algunas de sus ofertas y de la misma localidad los exquisitos quesos, elaborados con leche de cabra y distintos tipos de mohos, todo ello regado con cualquier variedad de los vinos…..Inés de Monclús.

Autor: Nieves Alonso

 

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La Vía Verde del Pas

Desde 1993  antiguos trazados ferroviarios en desuso están siendo acondicionados para poder ser transitados en bicicleta o caminando. Son las afamadas Vías Verdes que tanto placer ocasiona a los amantes del cicloturismo y senderismo. Una opción de tiempo libre y ocio respetuosa con el medio ambiente que nos permite conocer el patrimonio de un territorio de manera segura y cómoda.

Y es por uno de esos tramos ferroviarios  que nos vamos a deleitar en un paseo que regala un bello entorno natural y pueblos con historia que nos acerca a las costumbres de un territorio. Pongamos los pedales en marcha  y a través de la Vía Verde del Pas hagamos un recorrido por los valles pasiegos cántabros siguiendo el itinerario del anhelado ferrocarril que unía la villa de Astillero y la de Ontaneda.

La línea de vía estrecha que auspicio al ferrocarril Astillero-Ontaneda fue el sueño de los santanderinos que querían comunicarse con la meseta salvando el puerto del Escudo. Los 34 kilómetros de longitud de este ferrocarril fue la primera fase de un proyecto que no llego a culminar con éxito. Tras años de intentos por remontar el proyecto y sin grandes logros en 1976 se cerró definitivamente todo el tramo ferroviario.

Recuperado hoy día como Vía Verde el viejo ferrocarril será el hilo conductor de nuestro paseo en bicicleta. Un paseo accesible, no tiene grandes dificultades y seguro, ya que el acceso al tráfico de automóviles está restringido. Para realizar este paseo tan solo necesitamos una bicicleta y un componente elevado de ilusión y sosiego.

Si el viajero no dispone de bicicleta propia la puede adquirir mediante alquiler en el parking principal del Parque de la Naturaleza de Cabárceno. Aquí encontrará bicicletas para adultos, para niños e incluso bicicletas adaptadas con sillas para bebes. Así, el paseo se transformar en un tiempo de ocio compartido por toda la familia a la vez que didáctico para los niños.

Con las bicicletas a punto comenzamos a pedalear por el primer tramo del recorrido que discurre entre las localidades de Ontaneda y San Vicente. El circuito de Ontaneda es un bucle cerrado que se inicia frente a la que fue la antigua estación de ferrocarril de la villa, convertida hoy en oficina de turismo.

Tras una corta travesía por el centro de la localidad empezamos a prestar atención a las señalizaciones que indican la dirección de un tramo exclusivo para usuarios no motorizados. Pedaleando con tranquilidad y sin gran esfuerzo llegamos a San Vicente de Toranzo donde antes de volver sobre nuestras pedaladas al punto de inicio nos podemos recrear con un paseo por sus calles.

Con el precalentamiento realizado en el circuito, iniciamos camino por el antiguo trazado del ferrocarril en dirección Santander. Inmersos en la Vía Verde y con la tranquilidad del viajero desocupado, estamos preparados para ir descubriendo los detalles del camino. Lo primero que llama la atención es un puente reconstruido de hierro que se alza sobre el río Pas (Lugar de Interés Comunitario, LIC) que puede ser atravesado por peatones y vehículos ligeros.

Cruzamos el puente y proseguimos con el pedaleo llevando al Pas como compañero hasta llegar al apeadero de San Martín. Continuamos el itinerario bordeando la ladera del valle impregnándonos de los colores y olores del paisaje cántabro. El camino en declive nos conduce al bonito pueblo de Santiurde, capital del municipio.

La Vía nos lleva hasta un antiguo acueducto utilizado para la conducción de aguas. Seguimos ruta para alcanzar la localidad de Penilla, en este tramo abandonamos durante unos metros la Vía Verde y entramos en una carretera que aunque poco transitada debemos extremar la precaución.

Una vez atravesamos la Penilla el camino nos conduce por la orilla del río. Este es un momento en el que podemos hacer un alto para admirar el paisaje, recuperar fuerzas y que los más pequeños puedan campear a sus anchas y jugar en el viejo lavadero que ha sido acondicionado.

Con 12 kilómetros de recorrido a nuestras espaldas llegamos a la estación de Puente Viesgo. Un bonito edificio en su día transitado por viajeros que esperaban la llegada del tren a la hora que anunciaba el reloj del andén que aún se conserva. Hoy este lugar es visitado por viajeros que quieren descubrir el Museo de la Prehistoria que cobija sus paredes.

Toda la familia en marcha y con las bicicletas, como amigas más que compañeras, y tras pasar la localidad de Pomaluengo, el viajero creerá que va mal encaminado ya que recalamos en La Penilla. Pero no se trata de un error de ruta, sino que el nombre de la localidad se repite por lo que la convierte en original.

Aquí, la vieja vía férrea camina junto a una zona arbolada en compañía de río Pisuerga, este tramo resulta muy agradable y relajante, tomamos con calma la senda hasta llegar a La Encina, no sin antes deleitarnos antes el antiguo molino Torrentero ó de La Campanilla.

Llegamos a la localidad de Sarón, próxima al final del recorrido, y abandonamos el valle del Pisuerga para dirigirnos a la zona norte siguiendo las indicaciones que conducen a Obrégón, Santander o Cabárceno. Este tramo debe realizarse con extrema precaución, pues, se abandona momentáneamente la Vía Verde para circular por una carretera que abandonaremos tras llegar junto al desvío de Obregón.

Atravesamos la localidad de Obregón y pedaleamos ya en este último tramo junto al Parque Natural de Cabárceno, en las proximidades de la casilla de información se inicia un nuevo tramo de Vía Verde la que une Astillero con Obregón. Este trayecto es un corto recorrido de 6,3 kilómetros que se realiza por una senda que desciende hacia la mar, reservada a ciclistas y paseantes.

Este tramo verde está tapizado por frondosos árboles y pastos. Además, el cansado viajero encuentra fuentes donde calmar la sed, bancos para reposar, mesas para las viandas y todas las indicaciones señalizadas propias de las Vías Verdes. Esta ruta finaliza en la ría de Solla, en la bahía de Santander, donde un veterano puente metálico del ferrocarril atraviesa el paraje hasta llegar a Astillero.

Como pueden comprobar este viaje en bicicleta es accesible a todos los gustos, para los más intrépidos el recorrido completo unos 34 kilómetros, si los niños no aguantan la marcha encontramos lugares de recreo o realizamos un recorrido más corto, como el último tramo Astillero-Obregón, y si la prisa no es nuestra compañera le dedicamos unos días para relajarnos entre la naturaleza practicando una hermosa manera de hacer turismo…”El Cicloturismo”.

Autor: Nieves Alonso

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Descubriendo nuevas sensaciones

A la hora de viajar y elegir un destino, busco aquél que me ofrece emociones intensas y sensaciones únicas. He querido realizar un viaje diferente, una evasión de la vida convencional, sumergirme en otra cultura e impregnarme de una forma de vida aparentemente lejana. Este viaje a Marruecos no solo ha superado mis expectativas, además, ha permitido adentrarme en una cultura diferente y descubrir a sus gentes. Una hermosa manera de bucear en los rincones más íntimos del ser y crecer como personas.

Iniciamos este emocionante viaje en la ciudad de Marrakech. Al llegar al aeropuerto de Menara ya se respira otros aire. Con cierta incertidumbre intento vislumbrar entre el gentío al empleado del Riad, que viene a acompañarnos al lugar donde nos vamos a alojar.

El Riad Dar Nael es un alojamiento típicamente marroquí. Siham la dueña, hace gala de la hospitalidad que nos acompañará durante todo el viaje. Nos acompaña hasta un salón típico marroquí donde nos esperaban unos deliciosos zumos de naranja. Una vez descansados nos disponemos a subir a la habitación para dejar el escaso equipaje.

Tras una añeja puerta de madera descubrimos una acogedora estancia revestida de “tadelakt”. A pesar de la falta de intimidad por la directa comunicación entre el dormitorio y el aseo, nos invade una agradable esencia marroquí.

Iniciamos la visita a la ciudad en uno de los lugares más antiguos de Marrakech La Medersa Ben Youssef una escuela de estudios coránicos del siglo XII próxima a la mezquita de mismo nombre. Es sorprendente la austeridad de las celdas donde se alojaban los estudiantes.

No alcanzamos a dar dos pasos para encontrar el Museo de Marrakech, suntuoso edificio de finales del XIX que guarda testimonios de la historia de Marruecos representados en objetos de cerámica, joyas, vestimentas, mobiliario, armas tradicionales, documentos y obras pictóricas.

Nos dirigimos al Zoco, “La Meca del regateo”, un laberinto de callejuelas llenas de puestos y tenderetes donde los marroquíes compran y venden sus productos y comercian con los turistas. La sensación es de pequeño caos, donde reinan los diversos olores junto con un gran bullicio.

Atravesado “El gran mercado” llegamos a la Plaza de Jenna el Fna, la sensación de alivio nos invade al encontrar en contraste un espacio de grandes dimensiones. Relajadamente degustamos un delicioso té en la terraza de la azotea de un restaurante que ofrece una espectacular panorámica de la ciudad.

La plaza es el lugar más importante de la Medina (casco histórico de la ciudad rodeado de una extensa muralla). Durante todo el día, como si se tratara de un decorado teatral, la plaza modifica su apariencia. Los vendedores de zumos de naranja se alternan con encantadores de cobras, que reclaman algunos dírhams por contemplar el espectáculo, domadores de monos y puestos ambulantes que son sorteados por los vehículos y calesas que circulan libremente por el lugar.

Al llegar la noche la imagen cambia de forma radical apareciendo un sinfín de puestos de comida que tapizan el lugar, cubiertos con un techo de humo. Se dejan oír las notas musicales y algarabías de los espectáculos callejeros.

No abandonamos la plaza sin antes degustar un zumo de naranja. Decenas de puestos llaman nuestra atención y adulan. Basta escuchar una simple palabra en español para lanzarnos frases atropelladas sobre jugadores y equipos de futbol. Nos decantamos por uno al azar y por el módico precio de 4 dírhams disfrutamos de un incomparable sabor que nada tiene que envidiar a las naranjas españolas.

La siguiente parada es el Museo Dar Si Said, una residencia del XIX donde se exponen obras de arte marroquí realizadas en madera. Continuamos la visita al Palacio de la Bahía, dedicado por el visir Ahmed Ben Moussa
a una de sus favoritas, y al Palacio de Badi, del siglo XIV, con más de 300 habitaciones. Las ruinas del patio nos transportan a un pasado lleno de lujo y esplendor.

Una vez concluida la visita al palacio, nuestros pies andan libres y cuando menos lo esperamos un intenso tráfico nos rodea e intentamos esquivar alguna motocicleta. En ese momento los comerciantes marroquíes intentan sacarte del apuro y llevarte a su terreno.

Así sucedió y un simpático marroquí nos mostró amablemente el Barrio Judío, ilustrándonos sobre el origen y la entidad de dicha zona. Aprovechamos el momento  para comprar almizcle y embriagarnos de suculentos y deliciosos olores.

Al día siguiente y tras un suculento desayuno en el patio del Riad, proseguimos la visita poniendo rumbo hacia las Tumbas Saadíes, una necrópolis real que guarda las tumbas de los sultanes, familiares, guerreros y sirvientes de la dinastía Saddíe.

La siguiente parada es en la Mezquita Koutoubia, la más importante de la ciudad y el edificio más representativo de arte almohade. Al igual que el resto de mezquitas el paso al interior solo está permitido a los musulmanes. Aprovechamos para tomar un descanso en la plaza y observar detenidamente los 70 metros de altura del minarete. Desde una de sus ventanos apreciamos unos megáfonos cuya función es que los rezos lleguen a toda la ciudad.

La cocina marroquí nos está encantando, no obstante queremos explorar la parte nueva de la ciudad, Gueliz, Recorriendo la calle Mohammed V, nos detenemos en la plaza de La Libertad. Casualmente los lugareños de las montañas del Atlas han montado un pequeño mercado para vender los productos que han logrado tras largo meses de trabajo y esfuerzo.

A diferencia del Zoco, nos detenemos para mirar los puestos sin el agobio del comerciante, aunque el regateo siempre está presente .El punto final de la visita a la “Ciudad Nueva” la ponemos tomando una hamburguesas en una conocida

hamburguesería occidental. Me atrevería a decir, que hasta en las patatas fritas se aprecia el sabor a “Zoco” que tan presente está en este viaje.

Tomamos un taxi y tras acordar el precio con el conductor nos dirigimos a los Jardines Majorelle, lugar de inspiración de su creador el pintor francés Jacques Majorelle y en la actualidad propiedad de Yves Saint Laurent.

Si durante todo el tiempo nos afloran nuevas sensaciones que transmite el país vecino, estas se hacen más intensas en el restaurante-palacio Chez Ali donde la sabrosa típica comida culmina con un soberbio espectáculo de música instrumental que se apodera de ti y te traslada al mismo desierto. Siento el retumbar del diafragma por el elevado volumen de la música, a la vez que una alfombra surca el cielo de un extremo a otro del palacio.

Después de una noche de emociones intensas iniciamos la parte final del viaje hacia la zona más árida y estéril del país, el Desierto del Sahara, y la convivencia con las gentes que han hecho de este inmenso manto de arena su forma de vida.

Ya en el microbús que nos aproximará a la zona desértica entablamos conversación con Karim nuestro guía, enamorado de nuestras golosinas y del único disco de música que nos repite una y otra vez, cautivándonos con su constancia y templanza. Phil Collins y cantos árabes se convierten en la banda sonora de la excursión, una extraña combinación que terminamos por aborrecer, aprovechando cualquier segundo de distracción del perseverante Karim para encender la radio.

Nos adentramos en la cordillera del Atlas las condiciones climatológicas se han modificado aumentado el frío y viento. El paisaje de sublime belleza y la altitud nos regala una espectacular panorámica del Valle de Ourika donde se asientan poblados marroquíes entre el verdor y las cumbres nevadas.

En la provincia de Ouarzazate visitamos la ciudad fortificada de Ait Ben Haddou, declarada Patrimonio de la Humanidad. Perdido en el tiempo es uno de los lugares más bellos de Marruecos, escenario de películas como Lawrence de Arabia, La Joya del Nilo o Gladiator.

Pasamos la noche en el Valle del Dades, un estremecedor paisaje de piedra rojiza con formas caprichosas nos acompaña por una carretera ascendente serpenteante que conduce al albergue. La panorámica del cañón es sobrecogedora. El sonido del río que da nombre al valle, arropado por un cielo estrellado, el olor a barro y piedra que desplaza una ligera brisa nos hace sentir la inmensidad de la naturaleza.

Visitamos Las Gargantas de Dades y Todra, dos angostos desfiladeros lugares de paso para los nómadas que atravesaban las montañas del Atlas. Una peculiaridad de la Garganta del Dades son las formaciones rocosas monolíticas llamadas “Dedos de Mono” por la semejanza a estos.

Antes de llegar a la Garganta de Todra hacemos un alto en la ciudad de Tinghir característica por su oasis. En el palmeral podemos ver como las mujeres trabajan duramente la tierra para recolectar alfalfa y hortalizas. Una familia bereber nos muestra como fabrican de forma artesanal alfombras con lana de camello y oveja.

Continuamos el recorrido hasta la Garganta de Todra, una falla que corta en dos partes la montaña. Paraíso de los escaladores, viajan de todas partes del mundo para escalar las impactantes paredes verticales que alcanzan hasta los 300 metros de altura. En un arrebato nos lanzamos a trepar por algunas de las vías abiertas lo más alto que pudimos, sin poner en riesgo nuestra seguridad.

En la ciudad de Merzouga cambiamos el medio de transporte y sustituimos el vehículo por dromedarios para adentrarnos en las dunas de Erg Chebbi en el desierto del Sahara.

Estamos excitados por el momento y mi peludo amigo parece contagiado e intenta alcanzar al de adelante. Diversión, risas y momentos de reflexión ante las anaranjadas dunas del desierto. Anochece con rapidez y a lo lejos divisamos el campamento bereber que creímos en algún momento inexistente.

Tras una cena en la Jaima a base de cuscús y un delicioso té, salimos a celebrar el momento. Los bereberes tocan los yembes y cantan emocionados y sin más preámbulos me uno al grupo. Cojo unos yembes y dejo que el ritmo se apoderes de mi. Improvisamos, nos dejamos llevar y disfrutamos el momento todos unidos.

Antes de volver a la Jaima para dormir nos separamos unos metros del campamento. La arena helada y una suave brisa transmiten la sensación de recoger todo lo negativo que hay en ti. Todo queda en el desierto, entre sus dunas, bajo un manto de estrellas testigos de la noche y una experiencia única.

Son las 5 de la madrugada, suenan los yembes a ritmo monótono, repetitivo, incesantes…es la hora de levantarse. Saludamos a nuestro compañero de viaje y montamos en él, ponemos rumbo a Merzouga. En el camino nos sorprende el amanecer y nos detenemos. Cierro los ojos y siento mi respiración, la de mi fiel compañero de viaje y unos tenues rayos de sol que entierran la fría noche dando paso a un nuevo día, diferente a todos los demás.

Un pedazo de mi corazón se quedará siempre allí.

Siempre me ha gustado el desierto. Puede uno sentarse en una duna, hada se ve, nada se oye y sin embargo, algo resplandece en el silencio…”  El Principito.

Autor: Alba Sánchez

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El Valle de la Pernía es uno de los paisajes más bellos de la Montaña Palentina, por su ubicación, en la parte más septentrional de la cabecera montañosa, goza de todos los paisajes y geografía que en esta parte de la cornisa cantábrica se pueden admirar.

Nuestro itinerario comienza en la villa de San Salvador de Cantamuda, donde para visitar el burgo antiguo tendremos que atravesar el puente medieval sobre el río Pisuerga, donde dice la leyenda que justifica el nombre que lleva el pueblo que: “la muda cantara”.

Antes de adentrarnos en la Villa, nos saluda su iglesia parroquial, uno de los edificios señeros del románico montañés, de finales del siglo XII, se dice que fue iglesia de un antiguo monasterio y que tuvo la categoría de colegiata.

A tres kilómetros de San Salvador, se encuentra la localidad de Lebanza , sumida en un cerrado valle y custodiada por los picos; Cueto de Polentinos, Montejerino y Peña Carazo. El casco urbano de Lebanza, es un bello rincón con excelentes muestras de arquitectura tradicional de la montaña palentina.

La Abadía de Lebanza originaria del siglo X y que fue reedificada en el XII, es hoy un edificio de corte neoclásico que hasta hace poco tiempo se utilizaba como Seminario Menor.

Continuaremos nuestro recorrido y a los mismos pies de la Peña Tremaya se ubica el pueblo de Lores y el valle de Redondo, lugar de nacimiento del río Pisuerga. Además de su acogedor y bien recuperado casco urbano, en Lores podremos visitar la iglesia parroquial que domina al pueblo desde una loma y la diminuta ermita de San Roque en el centro del pueblo.

Tomaremos dirección a la pequeña localidad de Los Llazos, más adelante se ubica Tremaya, pueblo que se asocia con la montaña que lleva su nombre, sobre la cual existió un castillo.

Siguiendo la margen derecha del Pisuerga llegamos a San Juan Redondo y a Santa María, dos bellos reductos humanos cuyo origen se remonta a los primeros tiempos de las repoblaciones y posiblemente al desaparecido Monasterio de Santa María de Biarce, del que únicamente quedan las ruinas a los pies de las Peñas del Moro y del arroyo Rubiarce.

Desde Santa María realizaremos una excursión a pie por el Valle de Redondo, uno de los parajes naturales de mayor valor ecológico de la Cornisa Cantábrica. También podemos visitar la Cueva del Cobre, el Sumidero del Sel de la Fuente o el Circo glaciar fósil de Covarrex, a los mismos pies de Valdecebollas.

Saldremos del Valle por el mismo camino que entramos y continuamos nuestra ruta, atravesamos los pueblos de Areños y Camasobres dejando a un lado la desviación a Casavegas. En este punto las montañas cada vez van cerrando más el horizonte hasta el estrechamiento de las Hoces de Piedrasluengas.

Llegamos a Piedrasluengas y hacemos un alto para admirar las hermosas vistas del Valle de Liébana, en cuyo fondo en días claros se puede observar los Picos de Europa, a nuestra espalda los macizos de Pico Tres Mares, Cuchillón y Cueto Mañinos , separan la provincia Palentina de las vecinas tierras cántabras.

 Autor: Nieves Alonso

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El Parque Natural Sierra de Grazalema, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, se localiza entre las provincias de Cádiz y Málaga, con una extensión de 51.695 Ha. en la zona más occidental de la Cordillera Bética

 

De contrastados relieves sobre rocas calizas, encajonados en formas de cañones, cuevas, cornisas y taludes. Un total de catorce municipios se hallan incluidos en mayor o menor extensión en el Parque, Grazalema, Benaocaz, Ubrique o Ronda son algunos de ellos.

El itinerario que propongo comienza en Benaocaz, pequeña población de unos quinientos habitantes, situada a setecientos noventa y siete metros de altitud. Partimos del lugar conocido como San Antón, donde un sendero empedrado en algunos tramos y que antaño debió ser la principal vía de comunicación entre Benaocaz y Grazalema, nos conducirá al Puerto de San Fernando.

Cruzamos un encinar, que será el único paisaje arbolado que transitaremos, y encontramos pequeños llanos limpios de hierba y de forma circular, son las soleras de los hornos de carbón o alfajanes.

En las proximidades del pueblo visualizamos el arroyo Pajaruco, que atravesamos por un bonito puente de piedra que pertenece a principio de siglo. Según ascendemos nos adentramos en el reino de la piedra, los matices grisáceos-azulados dominan, salteados de matorrales y algunas encinas que parecen nacer de la propia roca.

Continuamos por la senda que se abre camino en un continuo zig-zag y con una pendiente que se agudiza según ascendemos, a nuestras espaldas podemos admirar una espléndida panorámica de Benaocaz.

Culminamos nuestra subida y llegamos al Puerto de San Fernando, paraje que recibe tal denominación con motivo del paso de los Reyes Católicos por Benaocaz En este punto las rocas adquieren formas caprichosas. Aristas cortantes y surcos en la roca dan un carisma peculiar a este tramo.

Desde el Puerto no dirigimos al Salto del Cabrero por una vereda que discurre por un paraje relativamente llano, donde hace tiempo existieron pequeñas parcelas dedicadas al cultivo del cereal. Encontramos cortijos, aljibes, caleras y majanos, montones de piedras que intentan ganar terreno que dé alimento al ganado, nos delatan la presencia del hombre y reflejan el modo de vida de los lugareños en un pasado no muy lejano.

Continuamos por la senda y una solitaria encina, nos marcará el punto donde si nos desviamos hacia la izquierda accederemos a la cota más alta del Salto del Cabrero, lugar donde debemos ir con precaución.

Si continuamos algo más adelante, disfrutaremos de una bonita vista del Salto, una de las formas tipográficas más singulares de la sierra, una falla donde aparecen dos cumbres gemelas, con impresionantes paredes verticales que superan los ochenta metros de altura separadas por una garganta de no más de cincuenta metros de ancho.

Cuenta la leyenda que un cabrero que vivía en las proximidades en un alarde de destreza, dio un salto de una pared a otra sin derramar una sola gota de leche que llevaba para su hijo enfermo”.

Desde este lugar podemos observar en el cielo algunas aves de gran tamaño, se trata del buitre leonado o común, que aprovechan las cornisas y grietas de los riscos para formar sus nidos y las águilas perdiceras. Abandonamos el Salto y continuamos nuestro recorrido bordeando la cara noroeste de la Sierra del Endrinal.

A lo largo del sendero tendremos diferentes perspectivas del corredor del Boyar, un paisaje donde los matices grisáceos se funden con la gama de los verdes de las encinas, quejidos y alcornoques.

A partir de aquí nuestro camino discurrirá junto a los tajos, sin llegar a penetrar en el bosque y tras pasar el cortijo de las Albarradas, una cómoda vereda nos conducirá al Puerto del Boyar, nuestro destino final.

Autor: Nieves Alonso

 

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Tres aldeas segovianas de piedra bermeja brillan como ascuas en la ladera norte de la negra sierra de Ayllón, y allí nos dirigimos ; a la ruta de los pueblos rojos.

El punto de partida es Riaza, que dista 115 kilómetros de Madrid por la A-1 y desviándose por la N-110, en el kilómetro 104.Una vez en Riaza hay que seguir por la SG-V-1111 enhebrando los pueblos rojos de Alquité, Villacorta y Madriguera.

Alquité es la primera población que se presenta conduciendo por la carretera de Riaza a Santibáñez de Ayllón, la primera de tres aldeas coloradas, como la franja de arcilla y roca ferruginosas en que se asientan.

Rodeadas por un mar embravecido de pizarra, que es la piedra dominante en esta sierra, Alquité, Villacorta y Madriguera semejan un trío de damiselas sonrojadas de su extraña suerte.

También es Alquité de las tres, la más chica y menos alterada: cuatro callejuelas de tierra elemental y otras tantas casas de piedra encarnada. Arriba, junto a las viejas eras, la maciza iglesuela de San Pedro, del siglo XII, atesora un arco tallado con ingenua sabieza románica.

En la trasera del templo hay un minúsculo camposanto, donde una tosca laja, hincada sobre un montón de tierra roja, informa: Aquí nació, vivió y murió un hombre bueno. Y al otro lado, una vista mayúscula, que se extiende sobre un manto de infinitos robles hasta la cumbre de la Buitrera.

Comparada con Alquité, la siguiente aldea, Villacorta es animadísima, hasta se ve algún niño por sus calles. Frente a la extrema sencillez de aquélla, ésta exhibe una colección de casas pulcramente restauradas con sillares esquineros de color púrpura, enlucidos de barro rojizo, entramados de madera, balconcillos de lo mismo y galerías acristaladas.

El interés que los pueblos rojos segovianos suscitan en la vecina región madrileña explica también que, a las afueras de Villacorta, junto al río Vadillo, lo que fue un antiquísima ferrería y luego un molino harinero se haya transformado en un coqueto hotel rural con restaurante donde se sirven gollerías, que es la tarrina de foie caramelizada al Pedro Ximénez.

De las vueltas que da la vida saben algo en Madriguera, tercera y última aldea de la ruta, porque a finales del siglo XIX tenía médicos, boticarios, dos panaderías, carnicerías e incluso un casino, y todo lo fue perdiendo hasta convertirse en 1.979 en una pedanía fantasmal de Riaza, igual que Villacorta y Alquité.

Pero Madriguera, ayudada por el auge del turismo montaraz, sigue siendo la Nueva York de los pueblos rojos, con una multitud de 21 habitantes; con docenas de casas preciosas, dos alojamientos rurales y una taberna.

Saliendo hacia El Negredo, la carretera trepa a un altozano desde el que se otea la bermeja Madriguera y al fondo, la sierra negra. Es la foto obligada del recorrido.

Pero en esta ruta, no se olviden de degustar las viandas y los caldos de la zona, que hay que paladear despacio y, si es posible, en buena compañía.

Autor: Nieves Alonso

 

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Un viaje otoñal

El Parque Nacional de Doñana, ocupa una posición estratégica en las rutas de las aves migratorias europeas y norteafricanas, situado al sur de la Península Ibérica es estación de paso obligada para las aves acuáticas estivales, las que vuelan desde las regiones subharianas, como para las invernantes que bajan del norte de Europa.

El recorrido que les propongo por el Parque es idóneo para la época otoñal. Doñana es uno de los espacios naturales mejor preparado para el visitante, compatibiliza la conservación de la naturaleza con la interpretación del funcionamiento de los sistemas naturales.

Haremos un recorrido guiado en todo terreno desde el que obtendremos excelentes panorámicas, deteniéndonos en puntos clave y con una duración de media jornada.

El punto de inicio es el Centro de Interpretación de “El Acebuche”, un palacete situado en la carretera que comunica la aldea del Rocío con la urbanización de Matalascañas.

Entramos en la playa de Matalascañas, 30 kilómetros de arenal virgen responsables de la creación de las marismas. La playa de Doñana es el corredor natural por el que se deslizan los flujos de aves costeras en migración, en estas fechas es fácil ver bandadas de ostreros, merodeando la línea de playa en busca de moluscos en la bajamar.

También veremos, grupos dispersos de charranes, fumarales, correlimos tridáctilos, archibebes, gaviotas, negrones y en general una gran variedad de aves que podemos observar en este punto del recorrido.

Durante esta parte del viaje, la playa está cerrada por una muralla de arena que nos estorbará para mirar hacia el interior. Penetramos en un nuevo mundo, el de las dunas y corrales, por una escotadura que se dirige hacia el llamado “Cerro de los Ánsares”, una enorme duna, que con sus 45 metros de altitud es la cota máxima de todo el Parque.

Uno de los paisajes exclusivos que vemos en estos sistemas de dunas móviles, son los llamados corrales, pequeños bosques de pino marítimo y matorral hundidos entre un frente de dunas y el siguiente. Dado que el avance de las dunas es continuo estos bosques terminan por desaparecer bajo la arena.

Los llanos y la última hilera de dunas, nos abrirán paso a un mundo diferente, se trata de la inmensa marisma, desolada, intransitable, perfecto refugio para los contingentes de aves acuáticas. Las aguas del Guadalquivir, cargadas de sedimentos, ven frenada su carrera hacia el mar por la barrera de arena, y los materiales pesados se depositan, formando este vasto espacio.

Aquí, más que en ninguna otra parte del Parque, el ciclo estacional introduce profundos cambios en el aspecto y la atmósfera sonora del paisaje. Durante el verano, la marisma es un desierto tapizada de una vegetación rojiza, alternando con terrenos de fango reseco, cuarteado y polvoriento.

Al comienzo del otoño, empiezan a concentrarse las aves acuáticas, flamencos, las ruidosas cigüeñas o las abocetas, a partir de entonces, con las lluvias, si es que llegan a tiempo, la planicie empieza a cargarse.

Es en esta estación otoñal, cuando Doñana cambia su tonalidad, recreándose en tonos grisáceos, los temporales atlánticos se aproximan por el suroeste en oleadas que tiñen el  cielo de negro y descargan con furia sobre estas tierras. El nivel de agua sube y en buenos años, lo que era un desierto se convierte en un inmenso mar interior.

Durante el mes de noviembre, surcando los cielos grises, bandadas de gansos del mismo color, unas 80.000, llenan el fondo sonoro de estos paisajes con sus griteríos. Más de las dos terceras partes de la población europea de estos gansos silvestres buscan aquí refugio para pasar el invierno. Doñana es un punto clave para la supervivencia de esta especie.

Pero nuestro recorrido no termina en la marisma, todavía nos queda por visitar un ambiente riquísimo y muy característico, que concentra las mayores densidades de vida silvestre, se trata de “La Vera”, una estrecha franja que circunda la marisma y la une a los terrenos firmes.

“La Vera” tiene características distintas según las zonas, en la parte norte del Parque es un espacio mixto entre los bosques sobre arena y los terrenos encharcados, es el terreno favorito del lince para hacer sus recorridos de caza.

En el sur, al pie de las dunas, la situación es diferente, las dunas son excelentes dosificadores del agua de la lluvia, almacenan grandes cantidades de agua, que dejan escurrir poco a poco, lo que permite tener una franja verde rodeada de montañas de arena y terrenos cuarteados.

Este maravilloso recorrido por Doñana, se realiza dos veces al día, aunque es posible hacer una reserva previa o un recorrido de día completo. Como medida de protección las plazas por día son limitadas.

Autor: Nieves Alonso

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